Jaume Von Arend, piloto y aventurero especialista en el mundo de las Trail, ha emprendido su apasionante viaje acompañado de una Ducati Multiestrada 1200 Enduro Pro. En enduromagazine seguimos compartiendo su día a día relatado por él mismo.

DÍA 13:

Ayer fue el día perfecto. No se puede pedir más.

 

Empecé dando un paseo por Ioánina, una pequeña ciudad a la orilla de un lago precioso. La parte histórica de la ciudad se encuentra en el interior de una fortaleza pegada al lago. A diferencia de otras ciudades de este estilo aquí se nota que vive gente. La mayoría de las casas no son especialmente antiguas y bonitas pero en ellas hay vida y eso la hace más simpática que esas que están llenas de tiendas de souvenirs.

 

Ioánina me encantó. Tanto que me alargué mucho más de lo que esperaba. No me apetecía irme, incluso sabiendo que tendría que recortar por algún sitio.

 

Finalmente volví al hotelucho a cambiarme y recojer la moto. De las diferentes opciones que tenía decidí ir a visitar dos pueblos en el interior de las montañas: Sirrako y Kalarites, luego decidiría que más iría a ver.

 

La carretera a Sirrako es de las que no se olvidan. Curvas y curvas sin fin subiendo sin parar. Espectacular. Tramos en buen estado con otros sin asfalto se iban sucediendo mientras ganaba altura hasta más de 1500 metros.

 

Los dos pueblos son similares, casas encaramadas unas sobre las otras en fuerte desnivel. Para ir de un sitio al otro del pueblo hacen falta buenas piernas.

Se encuentran uno enfrente del otro. Muy cerca, no creo que llegue al kilómetro pero los separa un profundo cañón y para ir de uno al otro hace falta una hora de camino.

 

Sirraco me pareció un pueblo muerto. No paseé mucho pero no ví absolutamente a nadie. Casas reconstruidas pero cerradas. Así que me fui a Kalarites.

 

La carretera era aún más bonita bajando hasta el cañón, cruzando un puente de hierro de esos que parece se van a caer a tu paso, túneles oscuros y vuelta a subir de golpe.

 

Al llegar me encontré a unas personas que iban con unas mulas cargadas. Hasta hace relativamente poco esa era la única forma de llevar cosas al pueblo. Ahora las usan para distribuirlas por las estrechas y empinadísimas calles.

 

Kalarites es precioso. No solo por las impresionantes vistas, también por las bonitas casas y sus tejados de piedra. Me quedé embobado. Por suerte había un bar abierto donde me prepararon una ensalada griega y me la comí en una de las terrazas con mejor vista del mundo. La ensalada no tenia nada de especial pero el sitio la hacía ser única.

 

El dueño hablaba un poco de inglés y me explicó que durante todo el año solo viven 9 familias. El invierno es duro y la carretera queda cortada. Cuando llegué estaba sentado fumando y tomando un licor. Le dí un poquito de trabajo y conversación y cuando me fui se quedó allí, fumando y con su bebida. Vida dura.

 

Decidí dejar las montañas e irme a Meteora. El señor del bar me recomendó una carretera que me llevaría directo. Para mi sorpresa salía del pueblo y seguía subiendo, lo que parecía imposible. Subió y subió sin parar. Que carretera!! Que vistas!! Incluso encontré nieve.

 

Me pasé varias horas en esa maravillosa carretera para mí solo. El día era perfecto, iba escuchando el bonito sonido de Bellíssima, enlazando curvas sin parar… En un momento dado me pareció estar unido a la moto y que ella me llevaba a mí, no podía ser que me salieran tan naturales las curvas, las frenadas… Máxima felicidad!!

 

Y me fuí animando, demasiado. En esas carreteras te encuentras una vaca en medio. un agujero enorme o un desprendimiento cuando menos te lo esperas. Así que saqué el modo sport, puse el touring. mi música preferida y me fuí tranquilamente hasta Meteora.

 

Cuando por fin ví esas colosales rocas no pude parar hasta encontrar el hotel que estuviera más cerca de ellas. Y por suerte tenían habitación.

 

Y allí me quedé. Al día siguiente tocaba exploratoria.

Fuente y fotos: Jaume Von Arend

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