Con ésta ya son siete las ediciones celebradas de este evento que reúne a los aficionados de la disciplina en la localidad cántabra de Treto. Con roadbook, tripy y por primera vez, también sobre asfalto. Toda una experiencia que había que vivir en primera persona:

«Sobre las nueve y media de la mañana recogía el preciadísimo rollo de papel continuo; una bonita camiseta del evento; y ¡sorpresa! en el dorsal que me había tocado. Con el 12+1 nada podía ir mal. Me paseo por el paddock para entrar en ambiente y me voy directo a colorear el roadbook.

 

Mi dorsal ya empezaba a hacer efecto: Martín Solana, oriundo de la zona y piloto experimentado en esta y otras pruebas de la modalidad, parecía estar esperando por mi en la terraza de una cafetería mientras preparaba su roadbook. Nadie mejor con quien compartir mesa y rotuladores. Me presento, tomo buena nota de sus consejos y extraigo zafiros de sus palabras para una interpretación más ajustada en la navegación de este roadbook tan característico que tenía entre manos. Últimas pinceladas de color en mi lienzo y corriendo a enmarcarlo en su holder. Por el momento mi regularidad no iba nada mal, pero tocaba demostrarla en pista.

Puntualidad máxima en el briefing donde la organización compartía las claves para minimizar los riesgos en la navegación, y sin mayor dilación y ciñéndose al guión, a las doce en punto, uno tras otro y cada treinta segundos, nos fueron dando la salida.

La primera especial era de toma de contacto entre aldeas y por callejas, caminos y puentes sobre riachuelos para ir entrando en materia sin perder la concentración en lo que nos ocupa. Una navegación constante que nos hacía pasar de unas pistas a otras, alternando con caminos de todas las calañas y en pequeñas dosis como si de un catálogo de viales cántabros se tratara, en clarísima evidencia de lo que nos depararía la jornada.

Poco a poco y sucediéndose las especiales, los tramos de campo, propiamente dichos, se hacían más y más presentes por pintorescos bosques y rincones de encanto, en constantes cambios de altitud como si de una montaña rusa se tratara.

Sin darnos cuenta, el roadbook nos guiaba hasta miradores infinitos donde la montaña se abraza al mar dibujando su silueta sobre el manto azul. Y es que a muchos kilómetros de mirada se distinguía Santoña. ¡Espectacular!. Y como todo lo que sube baja: tocaba despachar vertiginosos descensos en “Z” de piedras sueltas que medirían nuestra destreza al gas y tacto al freno, para seguir navegación hasta el punto de reagrupación.

La parada para reponer fuerzas estaba planificada en el mismo atrio de la iglesia de Ojebar. Bollos y refrigerios reconstituyentes entre anécdotas y batallitas, nos cargarían las pilas para proseguir la prueba con el aliento retomado. Cada uno en su tiempo asignado, iríamos tomando la salida para afrontar la segunda mitad de la jornada.

La navegación seguía sin dar concesiones por más que fueran horas de café y siesta. Más desniveles, caminos y pistas nos esperaban a la vuelta de cada viñeta, obligando a mantener esa concentración que si ya de por sí la navegación exige, la regularidad suma y sigue.

Zonas con piedras; algunos saltitos para mantener el júbilo y estampas imposibles nos irían acercando a la fiesta de los sentidos: una pista que se disputaba el protagonismo con el paisaje; de las que invitan a darle al gas sin contemplaciones o a quedarse a vivir a partes iguales y es que Cantabria es un balcón al mar del que no te quieres ir y si lo miras desde la atalaya estás perdido, te atrapa, te envuelve y no te deja partir. Tocaba decidir entre quedarse al espectáculo visual o apretar. Cabeza y corazón se estrecharon las manos y en unísona sintonía, dejaron caer todo su peso sobre la mano derecha del gas. Durante los siguientes quince kilómetros, o menos, o más, o yo que sé; me olvidé del crono, de la regularidad y del mundo, para disfrutar con cada una de las imperfecciones, trampas y regalos que aquella pista escondía para que yo los descubriera.

Sorteos, entregas de premios y pinchos para todos los participantes, ponían el broche final a un evento que ya es escuela de la navegación en nuestro país. Organización rigurosa, roadbook correcto y ambientazo norteño son las cualidades que le preceden y de las que hemos dado buena fé.

Agradecer a Manu Cuesta y a todos los que hacen posible esta cita, que sin duda debe su éxito a la experiencia demostrada y al enfoque amateur que alimenta esta disciplina.»

Clasificaciones:

Roadbook:

  1. Carlos Martínez
  2. Martín Solana
  3. Iñaki Martínez

Tripy:

  1. Jaime Goyoaga
  2. Javi Patrocinio
  3. Álvaro Gavín

Maxi Trail:

  1. Jaime Goyoaga
  2. Oscar de la Rosa
  3. Daniel Alfonso López

Equipos:

Aventura Touareg

Fuente y fotos: Pablo Pillado / ArtRally